Análisis: Disgaea DS
Ay, Disgaea… cuántas horas me has hecho pasar pegado a la pantalla de la DS maldito bast*rdo. Unas 310 ahora mismo. Y las que le queden. Es un juego “raro”, personajes estrafalarios y un humor que roza, en ocasiones, lo negro (humor negro, obviamente). Pero, ¿qué tiene Disgaea que sea merecedor de un análisis como este? No lo sé. Puede que sean sus personajes carismáticos, sus chicas con trajes ceñidos o sus estadísticas disparadas, pero no se le podrá negar a esta saga que, si de algo puede vanagloriarse es en llevar el concepto de “entrenamiento” a niveles desorbitados. Ríete tú de eso de los 9999 puntos de vida, porque en Disgaea, con eso poco más y estás muerto. Dicho esto, comienzo este pequeño viaje por el recuerdo, las sensaciones y las horas y horas de dedicación.
Lo primero de todo; no esperéis que esto tenga una nota final o algo. Sé que la gente babea con esas cosas. De hecho yo suelo guiarme por ellas, pero no es lo imprescindible. Es como preguntarle a tu amigo que estuvo el otro día con una tía buena la talla de sujetador que usa: es útil, pero no sirve para comprender la totalidad del juego en sí. Por lo tanto, nada de notas, sólo comentar e informar al lector. Concluido esto, sí que puedo comenzar.

Veamos, ¿cómo tratar de definir este juego? No es muy complicado. A fin de cuentas, es un JRPG por turnos en escenarios tridimensionales con vista isométrica (a lo FF Tactics, vamos). En él, mueves a tus personajes, atacas, te defiendes, usas objetos y derrotas a los enemigos. Parece simple, y lo es, pero no deberemos olvidar los accidentes geográficos del mapa (la altura, básicamente) o no podremos atacar a ciertos enemigos. Pero bueno, esto no es importante (no mucho).
Sinceramente, creo que lo mejor es empezar por el argumento. El argumento es… es… Bueno, tiene argumento sí. Un tanto estrafalario, pero argumento al fin y al cabo. Disgaea DS nos cuenta la historia de Laharl, un Príncipe Demonio que se ha llevado durmiendo dos años en su palacio y, cuando despierta, se encuentra con este revolucionado. Al parecer, su padre ha muerto y en todo el Inframundo la gente se está rivando el título de “Overlord” (Señor) de ese Inframundo. La muerte es lo de menos. En serio, son demonios. Son malvados. O eso crees. De todas formas el bien y el mal en este juego es algo difuso. No desvelaré detalles de la trama, pero podría decirse básicamente que va de un lado a otro intentando reparar el estropicio que estos dos años de “anarquía” han hecho en su reinado. E irá acompañada de su vasalla, Etna, una chica de pecho plano y malas pulgas. También conocerán a Flonne, una divertida aprendiz de ángel que… Bueno, descubridlo por vosotros mismos. Mucho humor… y finales. Sí, el juego posee varios finales en función de una serie de requisitos que hagas antes de completar la partida. Algunos son más largos mientras que otros son… bueno, cuatro frases y media. Se agradece el “detalle”, oye.
Pero sigamos, sigamos. Ya he intentado hacer un pequeño resumen de lo que es la historia. Ahora quedan otras cosas. Me estaréis preguntando, ¿y cómo anda de gráficos? ¿Produce desprendimiento de retina mi señor? No, no los produce. El juego se publicó anteriormente en la PS2 bajo el nombre de “Disgaea: Hour of Darkness”, así que no son del todo malos. Los colores son algo apagados con respecto a la versión de PS2, y algunos ataques se han modificado (así como un fondo negro es añadido al hacer el ataque) para evitar que se ralentice, o vete a saber qué. Por otro lado tiene píxeles y tal, pero no puede decirse que sea malo visualmente. Los hay peores. De todas formas, juzgad por vosotros mismos en este vídeo.
Con respecto al sistema de juego (o gameplay) estamos ante una de las cosas más novedosas y que hacen de este título algo bastante original. Cuanto no estés luchando, normalmente, estarás en el castillo de Laharl, que es su base de operaciones. Allí podrás curarte, comprar objetos y salir a hacer las fases. Hasta ahí nada que pueda considerarse nada del otro mundo. Pero entrar en juego dos cositas que le dan mucha jugabilidad al título. Una es la Asamblea Oscura (Dark Assembly) y la otra el Mundo de los Objetos (Item World):
La Asamblea Oscura es, como su propio nombre lo indica, una asamblea. Está compuesta enteramente por monstruos. ¿Y para qué sirve, me dirás? Pues, entre otras cosas, para reencarnarte (vuelves al nivel 1) y mejorar tus estadísticas, para poder comprar mejores objetos, desbloquear nuevas zonas donde combatir, crear otros personajes. Y todo esto tienes que aprobarlo democráticamente, qué te has creído. Sobornarlos, rebelarte si es necesario… Un momento, entonces no es democrático, pero igualmente divertido. Así es como funciona el sistema político en el Inframundo: Soborna y cárgatelos si no te sales con la tuya.
Otro sitio es el Mundo de los Objetos. Es, quizás, uno de los sitios imprescindibles a los que tendrás que acudir si quieres conseguir las mejores armas y derrotar a los personajes y jefes opcionales más poderosos. El Mundo de los Objetos es un lugar totalmente aleatorio, donde cada fase es distinta a la anterior. Para entrar, debes escoger un objeto en el que entrar. Sí, entrar. Al entrar y bajar plantas, el objeto irá fortaleciéndose cada vez más, y tendrá mejores estadísticas. También podrás capturar los denominados “especialistas”, que potencian alguna característica concreta del objeto, como la velocidad, la resistencia. Hasta los hay que te permiten ganar más experiencia (vital para entrenar). Y es el lugar donde se consiguen las mejores armas del juego, aunque tendréis que sudar McNuggets de pollo para lograrlo.
Pero oye, que no he hablado del tema de crear personajes. Durante el juego se te unirán unos personajes determinados (Laharl, Etna, Flonne, etc.) con los que podrás combatir a tu lado, pero puedes crearte otros. Las denominadas “clases”. Desde una maga gótica plana hasta una caballera rúnica con dos grandes atributos danzantes (Ejem…). Los hay para todos los gustos: guerreros, guerreras, ronin (no samurái, recordadlo), ladrones, arqueras, curanderas… y hasta monstruos. Sí, una vez derrotas a un monstruo puedes crearlo. Y sobre las armas a equipar, pues estaréis pensando “Qué chorrada, a las curanderas varas y punto”. En Disgaea no tiene por qué ser así. Todos los personajes (salvo los monstruos) tienen una tabla con lo bien o mal que manejan un arma, siendo este el orden (de mayor a menor): S, A, B, C, D, E. Una curandera, por ejemplo, tiene S en Vara y B en arcos, lo cual quiere decir que la maestría con varas subirá más rápidamente que con los arcos. Pero ambas son buenas opciones. Ya es cuestión de gustos personales.
Bueno, bueno, ahora vamos a otras de las partes favoritas en cualquier análisis: la música o, en un espectro más amplio, el sonido. No sé si sois muy de fijaros en eso, pero para mí uno de los pilares fundamentales de un juego es su música, ¿no creéis? Aquí el juego sí peca de un pequeño problemita que no me molesto para nada en decir (es un análisis, leches): La música podría sonar mejor. A ver, pensemos: una PS2 tiene más capacidad para el sonido que una DS, y más memoria sus discos. Comprimir toda la OST completa al 100% de calidad ocuparía bastante, así que es obvio que tengan que recortar algo de calidad. Pero no tanto. A ver, no suena mal. De hecho, suena bien, pero si lo comparas con la PS2 el resultado es un tanto desolador. Igualmente, es oíble. Tenpei Sato (el compositor) ya se ocupó de eso. Tenemos canciones para todos los gustos, melancólicas, fiesteras, electrónicas y hasta vocales. Y… bueno, sí, en el de la DS todo eso se escucha, salvo las vocales. Para reducir “espacio” quitaron las letras a las canciones y las voces a los diálogos (todo el juego está doblado), dejándolas solos al inicio del juego y en los combates. Y ya está. Entiendo que sea un problema de espacio, pero teniendo en cuenta que el juego ocupa 64 MB y otros como el Pokémon Blanco y Negro 233 MB, pues dices “Podrías no haber sido tan rácano”. De todas formas, todo este problemilla que os comento no existe en el de la PS2, así que podéis estar a salvo si decidís jugar ahí.
Por ejemplo. Comparad estos dos temas entre las dos versiones (DS y PS2), que encontraréis algunas “diferencias”:
Versión de DS
Versión de PS2
Y duración, duración… Bueno, quizás te mueras antes (o no). Es un juego que, si te engancha, puede durarte la eternidad y media. Puedes hacer bastantes cosas: ver todos los finales, mejorar tu equipamiento, derrotar a los jefazos más complicados (para esto es imprescindible realizar el segundo punto)… y poco más. Parece que no, pero sólo si tienes constancia y muchas horas libres podrás hacer frente a algunos de los enemigos más jodidamente retorcidos y complicados. Sobre todo por las estadísticas. Un bicho con 600.000 puntos de defensa es MUCHO. MUCHÍSIMO. Y más sabiendo que al crear una maga desde cero empieza con unos 3 puntos de defensa. Muérete. Obviamente, sólo para los más constantes. Así que la duración es cambiante según quien lo juegue, pero objetivamente hablando tienes que echarle un montón de horas para poder derrotar a todo lo habido y por haber.

Para los que le sigan la pista a esta saga: hay otros tres juegos más. El primero que salió para PS2, DS y PSP. El segundo para PS2 y PSP. El tercero para PS3 (y para PSVita) y el cuarto, por ahora, para PS3 (acaba de salir aquí en España). El diseñador y el compositor en todos es el mismo, así como el tipo de humor (en el 2 quizás un poco menos, pero bueno…), así como todo tipo de cameos de un juego a otro (en el 2, por ejemplo, un personaje del primero toma relevancia en la trama, así como en el 4 un personaje del 2 toma relevancia).
A nivel personal, adoro estos juegos. Me resultan tremendamente adictivos, así como bastante personalizables (sobre todo a partir del segundo. Mola llevar una maga con pistolas.). Y con personajes femeninos de lo más monos (en serio). Si os gusta la estética anime, el humor, las estadísticas disparadas, una larga duración, los combates por casillas con vista isométrica y una banda sonora más que decente, este debería ser vuestro juego. Creo que me he pasado de personal, pero creo que un análisis debería ser así, ¿o no?

